30.9.08

Morriña da Arousa

Imaxe da illa publicada na revista Céltiga, en 1927


Nos anos 20, unha veciña da Arousa, Antonia Dios, escribiu na revista Céltiga de Bos Aires, un emotivo artigo no que expresaba a morriña que sentía pola súa vila natal. "Como me acosa o seu recordo querido!". Con emoción e saudade, Antonia explica como é a illa que deixou con trinta anos, e sobre todo, o carácter das súas xentes, "sinxelas e sinceras, en eterno contacto coa natureza". Pregúntase a autora se algún día volverá a ver a illa... Oxalá que o seu desexo se cumprira.
 La Isla de Arosa

Lectores amigos: No voy a hacer en estas líneas la descripción de ninguna ciudad ni villa importante. No. Mi pueblo natal, al que por ser tal quiero mucho, no es eso. Es un bello rincón, apenas una legua, rodeado por el mar, enclavado en una de las rías más hermosas del mundo: Ría de Arosa, en la provincia de Pontevedra. Su población es apenas de 1.000 habitantes, que viven de los frutos que da la ría. Son bravos pescadores, siempre en lucha con el mar y con los vientos.

Yo dejé aquel mi rincón nativo cuando tenía treinta años. Allí quedaba la infancia y la juventud. Con mi marido y mis hijos, echamos mundo adelante hasta llegar a estas tierras. Bonitas y cordiales son ellas, acogedoras y fecundas, cariñosísimas, que cautivan a quien las conozca y conviva con sus gentes; pero ¡ay! la morriña del pueblo natal, no la borran los años. El mimo de sus valles, el azul de sus rías, el rumor de sus pinos, la música de sus regatos saltarines y de sus pájaros trinadores, el perfume de sus flores; todo eso constituye el alma de nuestro paisaje de Galicia, nos acompaña hasta la muerte, y ninguna otra visión ni recuerdo ninguno, logra apartarlo de nuestro pensamiento.

Yo tengo el de mi Arosa grabado en la retina. Sus campiñas frondosas, sus puestas de sol inigualadas, y sobre todo, la sinceridad y sencillez de sus gentes, en eterno contacto con la naturaleza, son el recuerdo que mi espíritu guarda con más amor.

La altísima peña “O Con do Navío”, la visión de Villagarcía, Carril, Cortegada, Cabo de Cruz, Rianjo, Boiro, Cespón, Puebla del Caramiñal, Santa Eugenia, Grove, Cambados y diez pueblos más que de allí se divisan, fueron el panorama donde se extasiaron mis ojos durante mi juventud querida. Es la parte más bella de Galicia esta región llamada de las Rías Bajas.

Ellas son visitadas por innúmeros trasatlánticos, que conducen a tierras de América, a la mocedad gallega, y por buques de guerra de todas las naciones del mundo. Sin las características de grandes ciudades, sus escuelas primarias de niños y niñas están concurridísimas, adquiriendo allí las nociones elementales del saber y adquiriendo una serie de preceptos morales, que harán de las mujeres madres y compañeras ejemplares y de los hombres, trabajadores en todas las ramas de la producción. Son poblaciones, en este sentido, cultísimas, sobresaliendo la cordialidad y hospitalidad tradicional con el forastero.

Sin que hayan llegado aquí los cánones de las modas, sus gentes visten con sencilla elegancia. Las mozas y los mozos, en los días de fiesta –sobre todo en la fiesta mayor, San Julián– ofrecen una nota de sencilla belleza con sus ropas estrenadas ese día, una nota de colorido honesto y recatado, vestigio perenne de la Galicia Patriarcal, que encierra un tesoro de color y de frescura sin igual.

Su principal medio de vida es el mar. La pesca es la ocupación diaria de los hombres, y el acondicionamiento de sus productos, en cien fábricas de conserva y salazón, la de sus mujeres, que contribuyen igual que los hombres al sostenimiento del hogar.

Todo dentro de un marco de sencilla placidez virgiliana, donde el alma está siempre en contacto con lo divino. ¡Cómo me acosa su recuerdo querido!

¡Quién sabe si nunca más volveré a verte, mi adorada Isla de Arosa! Mas si me muero lejos de ti, tu recuerdo ha de acompañarme en la muerte y después de la muerte, bendito Paraíso, donde pródiga, la mano de Dios, sembró tesoros de belleza.

Razón tenía mi paisano Francisco Camba cuando afirmaba “Tendremos que corregir la frase del inmortal Zorrilla y decir: “De la Isla de Arosa al Cielo”.

Antonia Dios de Pazos
Bahía Blanca, 1927

(Publicado en: Revista Céltiga, nº61, ano IV, Bos Aires)

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